El caso del escritor canadiense Thélyson Orélien abrió una discusión que va mucho más allá de una novela: ¿qué tan confiables son los detectores de inteligencia artificial y qué pruebas deberían exigir las editoriales antes de acusar a un autor? La polémica comenzó en redes sociales, creció con resultados que señalaban un alto uso de IA y terminó afectando la promoción del libro, sus nominaciones y la reputación del escritor. Sin embargo, los análisis disponibles no ofrecen una conclusión única sobre el origen del texto.
Qué ocurrió con la novela de Thélyson Orélien
Orélien, escritor canadiense de origen haitiano, publicó C’était ça ou mourir en 2026 con Éditions du Boréal en Canadá y Grasset en Francia. La novela cuenta la historia de un profesor haitiano que huye de la violencia y atraviesa varios países antes de llegar a Canadá.
Antes de la controversia, el libro había recibido una recepción importante: llegó al primer lugar entre las ventas de librerías independientes francófonas durante su primera semana, fue considerado para varios premios literarios y se anunciaron traducciones en más de 20 países.
La discusión comenzó el 21 de septiembre, cuando una cuenta anónima de X llamada Balance ton Claude publicó un análisis de fragmentos de la novela realizado con Pangram. La cuenta aseguró que los 35 capítulos mostraban porcentajes de probabilidad de generación automática de entre 95% y 100%. La publicación se volvió viral y superó los tres millones de visualizaciones en menos de dos días.
Orélien niega haber utilizado inteligencia artificial para escribir el libro. De acuerdo con declaraciones recogidas por AFP, afirma que terminó el primer borrador en 2019, antes de la aparición pública de ChatGPT a finales de 2022, y que está reuniendo versiones de sus manuscritos con sus editores para documentar el proceso de creación.
Por qué un detector de IA no basta como prueba
Las herramientas de detección de texto generado por IA no leen la mente del autor ni reconstruyen el historial de un manuscrito. Su funcionamiento consiste en buscar patrones estadísticos y lingüísticos que pueden aparecer con mayor frecuencia en textos producidos por modelos generativos.
Entre esas señales pueden encontrarse estructuras repetitivas, determinadas formas de construir frases o ciertos usos de la puntuación. El problema es que esos rasgos también pueden formar parte del estilo natural de una persona. Un escritor puede tener una sintaxis constante, repetir recursos literarios o preferir determinados signos sin haber usado una herramienta automática.
En este caso, los resultados no fueron uniformes. La cuenta que inició las acusaciones presentó a Pangram como una herramienta con una tasa muy baja de falsos positivos, pero esa afirmación no equivale por sí sola a una verificación independiente del caso. El periodista francés Clément Garin, por ejemplo, afirmó que Pangram clasificó como generado por IA un texto que había escrito en 2020, antes de la llegada de ChatGPT.
Además, AFP indicó que otros sistemas evaluaron los mismos pasajes de forma diferente. InVID-WeVerify consideró que los fragmentos eran muy probablemente humanos, mientras que otros siete detectores ofrecieron resultados divergentes. El investigador Thierry Poibeau, especialista en procesamiento automático del lenguaje del CNRS, advirtió que una herramienta puede identificar una regularidad real y aun así interpretarla de manera equivocada.
Incluso Pangram ha señalado que su sistema no debe utilizarse como veredicto final. Max Spero, director general y cofundador de la empresa, lo describió como un punto de partida para una investigación más amplia. WinstonAI, otro servicio de este tipo, también aclara que sus resultados indican una posibilidad, no una certificación definitiva de que un texto fue escrito por IA.
Las consecuencias para el libro y el autor
La polémica no se limitó al análisis automatizado de la novela. La editorial Grasset rechazó las afirmaciones categóricas sobre el uso de IA y sostuvo que las acusaciones perjudicaban al escritor. Boréal dijo inicialmente que tomaba el asunto con seriedad y que conservaba distintas versiones de los manuscritos; el 24 de septiembre suspendió la promoción del libro.
Dos días después, la Academia Goncourt retiró la obra de su primera selección para el premio de 2026. La institución justificó la decisión por las acusaciones de plagio y por considerar muy probable que el libro fuera, en gran medida, resultado de inteligencia artificial. Ese mismo día, Orélien perdió el premio Espoir CIC de Estrasburgo.
También aparecieron señalamientos sobre trabajos anteriores. La Presse informó que una columna publicada en 2013 sería muy similar a un artículo anterior de The Philippine Star. Otros reportes mencionaron posibles pasajes plagiados en blogs y en HuffPost Québec, además de acusaciones relacionadas con un poema y otros textos publicados años atrás.
La identidad de la persona detrás de Balance ton Claude también se conoció durante la controversia. Le Figaro identificó al ensayista Samuel Fitoussi, columnista del periódico e inversionista en inteligencia artificial, como el responsable de la cuenta anónima.
Qué debería revisar una editorial en un caso así
La discusión muestra que detectar posibles textos generados por IA requiere más que subir una novela a un sitio web. Una revisión sólida tendría que considerar varios elementos:
- Versiones anteriores del manuscrito y fechas de modificación.
- Notas, borradores y materiales de investigación del autor.
- Comparaciones directas con las fuentes presuntamente copiadas.
- Resultados de más de una herramienta, sin tratar ninguno como una sentencia.
- La explicación del escritor y la revisión editorial del proceso de trabajo.
También es importante separar dos asuntos que suelen mezclarse: el posible uso de inteligencia artificial y el plagio. Un texto puede ser escrito por una persona y aun así incorporar material ajeno sin atribución. Del mismo modo, un detector puede señalar patrones compatibles con IA sin demostrar que hubo copia o generación automática.
La lección para los lectores y creadores
Para los lectores, el caso deja una advertencia clara: un porcentaje mostrado por un detector no demuestra por sí mismo quién escribió una obra. Los resultados deben interpretarse junto con evidencia documental y análisis humano.
Para autores y editoriales, conservar el historial de escritura puede ser cada vez más importante. Borradores, versiones fechadas y notas de trabajo no sustituyen una investigación, pero pueden ayudar a reconstruir cómo evolucionó una obra cuando surgen dudas sobre su origen.
La controversia de Orélien todavía no ofrece una resolución definitiva en la información disponible. Lo que sí deja demostrado es la limitación de convertir una herramienta probabilística en juez. Mientras los detectores busquen patrones que también pueden pertenecer al estilo de un escritor, sus resultados deben servir para abrir preguntas, no para cerrar el caso.
Fuente: www.infobae.com