El fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano representa la partida de uno de los personajes más importantes en la construcción de la democracia mexicana. Un hombre que nunca llegó a la Presidencia de la República, pero cuya participación en la vida política nacional contribuyó decisivamente a transformar las condiciones que hicieron posible la alternancia y, posteriormente, el ascenso de la izquierda al poder.
Su legado, sin embargo, no puede medirse únicamente por sus resultados electorales. Para quienes tuvimos la oportunidad de acercarnos a las luchas sociales que marcaron aquellos años, su figura representa algo más profundo: la posibilidad de conjuntar distintas expresiones de inconformidad social alrededor de un objetivo común, sin que ello significara necesariamente renunciar a sus propias convicciones.
Las luchas que encontraron una expresión política
El movimiento encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 constituyó un punto de inflexión en la historia contemporánea de México. Su candidatura presidencial logró reunir a distintas corrientes políticas, organizaciones sociales y expresiones de izquierda que, durante décadas, habían enfrentado un sistema caracterizado por la concentración del poder y las limitaciones a la participación democrática.
No fueron luchas que nacieran con Cárdenas. Los movimientos campesinos, obreros, estudiantiles y populares llevaban muchos años reclamando mejores condiciones económicas, justicia social, libertades políticas y reconocimiento de sus derechos.
El mérito del ingeniero consistió, en buena medida, en contribuir a que esas luchas encontraran una expresión política nacional capaz de disputar el poder.
La cuestionada elección presidencial de 1988 y la posterior fundación del Partido de la Revolución Democrática, en 1989, marcaron el inicio de una nueva etapa. La izquierda comenzó a consolidarse como una alternativa electoral con posibilidades reales de gobernar.
Mi encuentro con las luchas sociales
Mi acercamiento a ese proceso ocurrió algunos años después, en 1997, cuando comencé a participar en las luchas campesinas del sur de Nuevo León y en los reclamos relacionados con la dotación agraria y la tenencia de la tierra en comunidades cercanas a la zona metropolitana de Monterrey, particularmente en Pesquería.
Mi participación se desarrolló dentro de una organización social conocida como UCD, que posteriormente pasó a denominarse Maíz. Era un movimiento independiente, aunque mantenía cercanía con el PRD y con distintas expresiones de la izquierda.
Debo reconocer que mi incorporación no estuvo motivada inicialmente por una identificación ideológica con la izquierda. Por el contrario, tenía ciertas reservas y, sobre todo, desconocía buena parte de las luchas sociales que se desarrollaban en nuestro país.
Fue el contacto directo con las comunidades, sus dirigentes y sus demandas lo que comenzó a modificar mi perspectiva.
Como abogado y como participante en aquellas actividades, pude conocer de cerca problemas que anteriormente observaba desde la distancia: las dificultades para acceder a la tierra, los reclamos históricos de las comunidades campesinas y las profundas desigualdades que persistían en nuestra sociedad.
Comprendí entonces que muchas de aquellas organizaciones no solamente reclamaban soluciones a necesidades inmediatas. También formaban parte de un esfuerzo más amplio por transformar las condiciones políticas, económicas y sociales de México.
Fue a través de esa experiencia que comencé a comprender mejor la dimensión histórica de Cuauhtémoc Cárdenas.
Asistí a algunos de sus mítines, aunque nunca tuve la oportunidad de conocerlo personalmente. Mi acercamiento a su figura ocurrió principalmente a través de los movimientos sociales y sus dirigentes.
Posteriormente, mi participación como asesor legislativo de los diputados José María Estrada Gaona y Abraham Colunga me permitió conocer más de cerca el trabajo político del PRD y las distintas expresiones que integraban aquel movimiento.
Esa experiencia terminó por transformar mi manera de entender la política. Descubrí que detrás de muchas de las demandas sociales existían décadas de organización, resistencia y esfuerzos por construir un país más democrático y justo.
Las derrotas que abrieron el camino
Cuauhtémoc Cárdenas fue candidato presidencial en tres ocasiones: 1988, 1994 y 2000. Nunca alcanzó la Presidencia de la República.
Sin embargo, sería un error interpretar aquellas candidaturas exclusivamente como derrotas.
La elección de 1988 cuestionó profundamente la legitimidad del sistema electoral mexicano. La organización posterior de la izquierda contribuyó a fortalecer la competencia política, mientras que su triunfo en la primera elección de jefe de Gobierno del Distrito Federal, en 1997, demostró que la izquierda podía ganar elecciones y ejercer responsabilidades de gobierno.
No todas las transformaciones políticas se producen cuando un dirigente alcanza el cargo al que aspira. Algunas ocurren cuando sus esfuerzos modifican las condiciones en las que otros habrán de competir.
En ese sentido, considero que Cuauhtémoc Cárdenas contribuyó decisivamente a pavimentar el camino que posteriormente recorrería Andrés Manuel López Obrador.
Ambos participaron desde los orígenes de aquella transformación política, pero desarrollaron formas distintas de liderazgo.
López Obrador tuvo una capacidad de comunicación, movilización y conexión popular que le permitió capitalizar políticamente buena parte de los avances que durante décadas habían alcanzado los movimientos democráticos y sociales.
Su triunfo presidencial en 2018 no puede explicarse exclusivamente a partir del cardenismo, pero tampoco puede comprenderse plenamente sin reconocer el proceso histórico que Cárdenas ayudó a construir.
Uno contribuyó a abrir una ruta; el otro logró recorrerla hasta alcanzar la Presidencia.
La congruencia como convicción política
Si tuviera que destacar una característica de Cuauhtémoc Cárdenas por encima de muchas otras, sería su congruencia.
No fue un dirigente particularmente estridente. Tampoco hizo del carisma o de la confrontación permanente sus principales instrumentos políticos.
Su estilo era sobrio, reservado y, en ocasiones, distante de las formas de comunicación que suelen producir mayor popularidad.
Pero precisamente ahí encuentro una de sus principales virtudes.
Cárdenas mantuvo una línea de pensamiento y una concepción de la política que, con sus aciertos, errores y contradicciones, procuró sostener a lo largo de su trayectoria.
Sus diferencias con Andrés Manuel López Obrador constituyen un ejemplo importante.
Aunque compartieron una historia política y participaron en esfuerzos comunes, el ingeniero no consideró que esa coincidencia lo obligara a respaldar todas las decisiones posteriores de quien terminaría convirtiéndose en el principal dirigente de la izquierda mexicana.
Tampoco su relación histórica con el PRD significó una adhesión incondicional. En 2014 decidió abandonar el partido que había contribuido a fundar, en medio de una profunda crisis política y de representación.
Es posible coincidir o discrepar con muchas de sus decisiones. La congruencia no implica infalibilidad ni ausencia de errores.
Pero hay algo que considero digno de reconocimiento: su disposición a mantener posiciones propias, incluso cuando estas lo alejaban de organizaciones o dirigentes con los que había compartido buena parte de su vida política.
Cárdenas demostró que la lealtad a una causa no necesariamente exige subordinación a una persona.
Una reflexión para la izquierda de nuestro tiempo
La partida del ingeniero Cárdenas también debería abrir una reflexión entre quienes hoy participamos, desde distintas responsabilidades y espacios, en los movimientos políticos que se identifican con la izquierda.
La democracia no puede ser únicamente una exigencia frente a nuestros adversarios. Debe ser también una práctica permanente al interior de nuestras propias organizaciones.
La pluralidad no puede considerarse una fortaleza solamente cuando sirve para sumar voluntades en una elección y convertirse después en un obstáculo cuando aparecen opiniones diferentes.
Tampoco puede confundirse la unidad con la unanimidad.
Las organizaciones políticas necesitan disciplina, acuerdos y objetivos compartidos. Pero también necesitan deliberación, crítica y mecanismos democráticos que permitan procesar sus diferencias sin convertirlas automáticamente en rupturas.
La historia de Cuauhtémoc Cárdenas nos recuerda que los movimientos verdaderamente transformadores no se construyen exclusivamente alrededor de una persona. Se construyen mediante la participación de muchas generaciones, organizaciones y ciudadanos que, desde distintas perspectivas, encuentran razones suficientes para luchar por objetivos comunes.
Quienes hoy ejercen responsabilidades de dirección deberían comprender que escuchar las diferencias no debilita necesariamente a un movimiento. En muchas ocasiones, lo fortalece.
Y quienes participamos en él también debemos recordar que disentir no significa abandonar nuestros principios ni renunciar a las causas que nos llevaron a involucrarnos en la vida pública.
El legado de un hombre que no necesitó ser presidente
Con el paso de los años he aprendido que la trascendencia de un dirigente no siempre se mide por los cargos que alcanzó, sino por los caminos que contribuyó a abrir.
Cuauhtémoc Cárdenas no llegó a la Presidencia de México, pero ayudó a construir las condiciones para que millones de mexicanos pudieran imaginar y hacer posible un país políticamente distinto.
Para quienes llegamos a conocer aquellas luchas desde las comunidades, las organizaciones campesinas y los espacios de participación política, su historia tiene un significado particular.
Su figura me permitió comprender que la democracia y la justicia social no eran aspiraciones separadas, sino partes de una misma lucha.
Hoy, ante su fallecimiento, considero que el mejor reconocimiento que podemos hacerle no consiste únicamente en recordar sus candidaturas, sus triunfos o sus diferencias con otros dirigentes.
Consiste también en recuperar una enseñanza que conserva plena vigencia:
La congruencia política no consiste en estar siempre de acuerdo con quienes comparten nuestra causa, sino en tener la capacidad de disentir sin renunciar a nuestros principios.
Ese es, desde mi perspectiva, uno de los legados más valiosos que nos deja el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.
Descanse en paz.


